Centollo, buey de mar y nécora comparten protagonismo en muchas mesas, pero cuando los tenemos delante no siempre resulta tan sencillo distinguirlos. Los tres son crustáceos decápodos —es decir, tienen diez patas—, presentan un caparazón ancho y esconden bajo él una carne muy apreciada gastronómicamente. Sin embargo, su aspecto, tamaño, textura y sabor son diferentes.
En Bálamo, donde el producto del mar forma parte esencial de nuestra cocina, queremos ayudarte a reconocerlos. Porque disfrutar del marisco también puede empezar por conocer aquello que estamos comiendo.
El centollo: patas largas y caparazón espinoso
Probablemente sea el más fácil de identificar de los tres cuando conocemos las pistas.
El centollo tiene un aspecto mucho más irregular y rugoso. Su caparazón presenta pequeñas protuberancias y espinas y, cuando procede directamente del medio marino, puede incluso llevar adheridos restos de algas u otros organismos.
Otra característica muy reconocible son sus patas largas y relativamente finas en comparación con el cuerpo. Su silueta resulta, por tanto, bastante diferente a la del compacto buey de mar.
En su interior encontramos carne tanto en el cuerpo como en las patas y pinzas, además de la parte cremosa del caparazón, especialmente apreciada por muchos amantes del marisco.
Una curiosidad: el aspecto del centollo no es casual. Su caparazón irregular le ayuda a camuflarse en los fondos marinos en los que vive.

El buey de mar: robusto y con grandes pinzas
Si el centollo destaca por sus patas, en el buey de mar es difícil no fijarse primero en sus pinzas.
Tiene un cuerpo fuerte, compacto y ancho, con un caparazón ovalado de borde característicamente ondulado. Sus patas son bastante más cortas que las del centollo y sus dos grandes pinzas delanteras son especialmente potentes. Además, suelen presentar las puntas más oscuras.
Su apariencia general es, por tanto, mucho más robusta.
En gastronomía es muy apreciado por la cantidad de carne que puede albergar en su interior y por sus grandes pinzas. Abrirlo y aprovechar cada una de sus partes forma casi parte del propio ritual de comerlo.
Una forma sencilla de recordarlo: si es ancho, compacto y tiene unas pinzas que llaman inmediatamente la atención, probablemente estés ante un buey de mar.

La nécora: pequeña, ágil y con una pista definitiva
La nécora juega en otra liga en cuanto a tamaño. Es considerablemente más pequeña que el centollo y el buey de mar y presenta un caparazón ancho cubierto por una especie de fina pilosidad que le proporciona un aspecto ligeramente aterciopelado.
Pero hay otra característica que permite reconocerla con bastante facilidad: su último par de patas es diferente al resto. Son más anchas y aplanadas, casi como pequeñas palas.
¿El motivo? La nécora es una excelente nadadora y utiliza estas patas adaptadas para desplazarse por el agua.
Es precisamente esta característica la que puede sacarnos de dudas cuando su tamaño o apariencia no son suficientes para identificarla.
Su carne es delicada y sabrosa y, pese a su menor tamaño, es uno de los mariscos más valorados.

Tres pistas para no volver a confundirlos
La próxima vez que tengas los tres delante, no hace falta convertirse en especialista en crustáceos. Basta con fijarse en algunos detalles.
Centollo: busca las patas largas y el caparazón rugoso y espinoso.
Buey de mar: fíjate en el cuerpo ancho y robusto y, sobre todo, en sus grandes pinzas.
Nécora: piensa en un tamaño menor, aspecto aterciopelado y el último par de patas aplanadas.
Una vez aprendidas estas diferencias, resulta bastante sencillo reconocerlos incluso a primera vista.
Así que ya tienes las claves. La próxima vez que lleguen a la mesa un centollo, un buey de mar o unas nécoras, antes de empezar a disfrutarlos, fíjate bien.
Después de eso, solo queda ponerse el babero y disfrutar en una de nuestras mesas. 🦀
